
La vida de Harold estaba llena de momentos significativos y mundanos, pero para Harold, estos momentos se mantenían irreconocibles uno del otro.
Esta es la historia de un hombre llamado Harold Crick y su reloj de pulsera. Harold Crick era un hombre de números infinitos, cálculos sin fin y notables pocas palabras. Y su reloj de pulsera decía muchas menos. Cada día de la semana, por doce años. Harold cepillaba cada uno de sus treinta y dos dientes setenta y seis veces. Treinta y ocho veces de un lado al otro, treinta y ocho veces de arriba a abajo. Cada día de la semana, por doce año, Harold ataba su corbata en un solo nudo Windsor en vez de el doble, por lo tanto ahorraba hasta cuarenta y tres segundos. Su reloj de pulsera creyó que solo un nudo Windsor hacia ver a su cuello gordo, pero nunca dijo nada.
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Mas allá de eso, Harold vivía una vida de soledad. Harold caminaría solo a casa, comería solo y precisamente a las 11:13 cada noche Harold se iría a la cama solo dejando a su reloj de pulsera descansar en la mesa de noche junto a el.Eso era, por supuesto, antes del Miércoles. El Miércoles, el reloj de pulsera de Harold cambio todo.
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Con cada torpe rasgueo, Harold Crick se volvía mas fuerte en lo que era, en lo que quería, y por que estaba vivo. Harold ya no comía solo, ya no contaba las cepilladas, ya no usaba corbatas y por lo tanto ya no se preocupaba por el tiempo que le tomaba ponérselas. Ya no contaba los pasos a la parada del autobús, ahora, Harold hacia lo que mas le aterraba. Hizo eso que había eludido de lunes a viernes por tantos años, eso que todas esas implacables letras de numerosas canciones punk-rock le decían que hiciera.
Harold Crick vivía su vida.
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Mucho había cambiado para Harold en las semanas pasadas, su actitud hacia el trabajo, su conteo habitual, su vida amorosa. Pero de todas las transmutaciones que Harold Crick sufrió, tal vez la mas significan te que es hoy en su regreso al trabajo no estaba retrasado para el autobús 8:17 de Kronecker. Lo que Harold no había entendido sobre ese Miércoles 4 semanas antes es que la hora que recibió de su compañero viajero estaba, de hecho 3-4 minutos atrasada a la hora real. Por lo tanto 3-4 minutos después de la hora en la cual su reloj y vida estaban puestas. No el peor de los errores pero si Harold no hubiera puesto su reloj a la hora incorrecta Harold hubiera de nuevo apenas alcanzado el autobús 8:17 y no estaría acercándose al camión precisamente a las 8:14 este Viernes en particular. Otro hecho inerrable hasta que lo impensable ocurrió...
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Mientras Harold tomaba una mordida de galleta de azucar Bavariana, finalmente sintio como si todo fuera a estar bien. Aveces, cuando nos perdemos en el miedo y deseperacion, en rutina y constancia, en lo imposible y tragedia, podemos agradecerle a dios por galletas de azucar Bavarianas. Y, afortunadamente, cuando no hay ninguna galleta, podemos aun encontrar seguridad en una mano familiar sobre nuestra piel, o algun tipo de gesto amoroso, o sutil animo, o el abrazo amoroso, o una oferta de comfort, sin mencionar las camillas de hospital y tapones para la narizx, una dona sin comer, secretos susurrados, Fenders Stratocasters y tal vez la ocasional pieza de ficcion. Y debemos recordar que todas estas cosas, los matices, las sutilezas, que asumimos que solo accesorizan nuestras vidas, son efectivos por una causa mucho mas grande y noble. Estan aqui para salvar nuestras vidas. Se que la idea parece extraña, pero tambien se que sucede que es cierta. Y, asi fue, un reloj de pulsera salvo a Harold Crick.
- La realizacion de Kay Eiffel, "Stranger than fiction"
you dont understand that this isnt a story to me, its my life, i want to live!
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